Marcelo Ríos, el talento que llevó a Chile a la cima del tenis
Irreverente, talentoso y diferente a todo lo que Chile había visto dentro de una cancha. Marcelo Ríos desafió a las grandes potencias del tenis hasta conseguir lo que parecía imposible: convertirse en el número uno del mundo. El 30 de marzo de 1998, después de derrotar a Andre Agassi en Miami, el zurdo escribió una de las páginas más extraordinarias en la historia del deporte chileno.
Hay momentos deportivos capaces de sobrevivir al paso de las generaciones. Instantes que dejan de pertenecer únicamente a quienes estuvieron ahí y pasan a formar parte de la memoria colectiva de un país.
Para el deporte chileno, uno de esos momentos ocurrió a miles de kilómetros de Santiago.
Era el 29 de marzo de 1998. Al otro lado de la cancha estaba Andre Agassi. Detrás de aquella final en Miami había mucho más que un título: si Marcelo Ríos ganaba, Chile tendría por primera vez al mejor tenista del planeta.
Y ganó.
7-5, 6-3 y 6-4.
Ríos lanzó su raqueta, levantó los brazos y tomó una bandera chilena. Al día siguiente, el ranking ATP confirmó lo que hasta hacía algunos años parecía inimaginable: Marcelo Ríos era el número uno del mundo.
Tenía apenas 22 años.
Un talento que apareció demasiado pronto para pasar inadvertido
Marcelo Andrés Ríos Mayorga nació en Santiago el 26 de diciembre de 1975 y desde sus primeros pasos competitivos comenzó a demostrar que su relación con una raqueta no era convencional.
Zurdo, con revés a dos manos y una extraordinaria capacidad para anticipar el juego, Ríos construyó un tenis difícil de comparar con otros jugadores de su generación.
No era el más alto ni tenía el servicio más poderoso. Tampoco necesitaba tenerlos.
Su principal arma estaba en otra parte.
Ríos entendía la cancha.
Era capaz de encontrar ángulos que parecían inexistentes, cambiar velocidades, tomar la pelota antes que sus rivales y transformar una defensa en ataque prácticamente sin aviso. Años después, la propia ATP lo describiría como uno de los jugadores más talentosos de su época.
Antes de conquistar el circuito profesional, el chileno ya había avisado de lo que era capaz: en 1993 terminó como número uno juvenil del mundo.
Era apenas el comienzo.
De Chile al circuito mundial
Ríos se convirtió en profesional en 1994 y su ascenso fue vertiginoso.
En mayo de 1995 conquistó en Bolonia el primero de los 18 títulos individuales ATP que terminaría acumulando durante su carrera. Pero quizás fue durante 1997 cuando definitivamente dejó de ser considerado una promesa para transformarse en uno de los grandes protagonistas del circuito.
Ese año conquistó Montecarlo, uno de los torneos más importantes sobre arcilla, sin perder un solo set y derrotando durante su recorrido a especialistas como Albert Costa, Carlos Moyà y Àlex Corretja.
Marcelo Ríos ya pertenecía a la élite.
Pero todavía faltaba el año que cambiaría su carrera para siempre.
1998, el año del Chino
Ríos comenzó 1998 como número 10 del mundo.
Tres meses después sería el número uno.
La temporada comenzó con el título en Auckland y continuó con una extraordinaria actuación en el Australian Open. En Melbourne avanzó hasta la final y quedó a un partido de convertirse en campeón de Grand Slam.
Petr Korda terminó con el sueño.
El checo se impuso en tres sets y Ríos perdió la que terminaría siendo la única final de Grand Slam de su carrera.
Podría haber sido un golpe devastador.
Terminó siendo la antesala de su momento más glorioso.
Once partidos que cambiaron la historia
En marzo, el circuito aterrizó en Estados Unidos para disputar Indian Wells y Miami.
Ríos estuvo prácticamente imparable.
Primero conquistó Indian Wells, donde volvió a encontrarse con Korda y consiguió revancha en los cuartos de final. Posteriormente derrotó al británico Greg Rusedski en la definición para quedarse con el título.
Entonces llegó Miami.
Las matemáticas eran sencillas: si Marcelo Ríos ganaba el torneo, sería número uno del mundo.
El chileno avanzó hasta la final.
Y allí esperaba Andre Agassi.
Uno de los grandes nombres de aquella generación frente a un zurdo de 22 años proveniente de Santiago de Chile.
Ríos no titubeó.
Después de una hora y 57 minutos de partido, derrotó al estadounidense por 7-5, 6-3 y 6-4.
Había ganado Indian Wells y Miami consecutivamente, una hazaña conocida actualmente como el Sunshine Double. Entre ambos campeonatos disputó 11 partidos y perdió apenas dos sets.
Pero aquella tarde importaba algo todavía más grande.
Pete Sampras había dominado el ranking durante las 102 semanas anteriores. El estadounidense había terminado cinco temporadas consecutivas como número uno del mundo.
Hasta que apareció Marcelo Ríos.
Chile recibió al número uno
Lo ocurrido después sirve para dimensionar lo que significó aquella conquista.
Ríos regresó desde Estados Unidos convertido en una figura que trascendía ampliamente las fronteras del tenis.
Miles de personas llegaron hasta el centro de Santiago para recibirlo. Desde La Moneda, junto al entonces presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el nuevo número uno apareció ante una multitud que celebraba una hazaña que el deporte chileno nunca había vivido.
Por primera vez, un sudamericano encabezaba oficialmente el ranking ATP.
No había un estadounidense, un alemán, un español o un australiano en lo más alto.
Había un chileno.
Marcelo Ríos era el mejor tenista del mundo.
Una temporada extraordinaria
El número uno no fue un hecho aislado. Ríos ganó siete títulos durante 1998, la mejor temporada de su carrera.
Además de Auckland, Indian Wells y Miami, conquistó Roma, St. Pölten, la Grand Slam Cup y Singapur.
En total estuvo seis semanas como número uno y terminó aquella temporada como número dos del mundo, únicamente detrás de Pete Sampras.
Su carrera continuaría entregando grandes momentos. En 1999 conquistó Hamburgo y completó una particular colección: se convirtió en el primer jugador capaz de ganar los tres grandes Masters sobre arcilla de aquella época, tras sus coronas anteriores en Montecarlo y Roma.
Sin embargo, el cuerpo comenzó progresivamente a poner límites donde su talento parecía no tenerlos.
El rival que Ríos no pudo derrotar
Las lesiones fueron convirtiéndose en una constante.
Problemas en las piernas y, especialmente, en la espalda comenzaron a interrumpir una carrera que todavía parecía tener mucho por entregar.
Su última participación en un Grand Slam fue Roland Garros 2003 y finalmente, en abril de 2004, anunció su retiro.
Tenía apenas 28 años.
Así terminó una carrera profesional que dejó 18 títulos individuales, 31 finales, un registro de 391 victorias y 192 derrotas y seis semanas como número uno del planeta.
Pero también quedó una ausencia imposible de ignorar.
Marcelo Ríos nunca ganó un Grand Slam.
Aquella derrota ante Petr Korda en Australia quedó para siempre como el partido que separó al chileno del único gran trofeo que faltó en su extraordinario palmarés.
Es probablemente la mayor paradoja de su carrera.
Llegó a un lugar al que casi nadie consigue llegar, pero nunca levantó uno de los cuatro trofeos más importantes del tenis.
Un jugador imposible de separar de su personalidad
Contar la historia de Marcelo Ríos únicamente desde sus resultados sería contarla a medias, porque alrededor del tenista siempre existió un personaje.
Su complicada relación con la prensa, sus respuestas desafiantes, su carácter y una personalidad que pocas veces buscó ajustarse a lo que se esperaba de una figura deportiva hicieron que Ríos generara admiración y rechazo prácticamente en partes iguales.
Nunca pareció demasiado interesado en construir la imagen tradicional de un ídolo. Dentro de la cancha, sin embargo, existía mucho menos espacio para la discusión.
Quienes lo enfrentaron reconocieron una capacidad diferente para interpretar el tenis. Carlos Moyà llegó a considerarlo uno de los jugadores más talentosos que había visto.
Y quizás allí está una de las claves para entender su lugar en la historia.
Marcelo Ríos no necesitó parecerse a nadie.
El legado del Chino
Dos años después de su retiro, Ríos volvió a competir en el circuito de veteranos y nuevamente llegó al número uno.
De esa manera consiguió una marca extraordinaria: es el único jugador que ha alcanzado el número uno como juvenil, profesional y senior.
Pero su legado más importante probablemente no necesite estadísticas.
Antes de Marcelo Ríos, imaginar a un chileno encabezando el ranking mundial masculino pertenecía prácticamente al terreno de la fantasía.
Después de él, dejó de ser imposible.
Su irrupción modificó la relación de Chile con el tenis y abrió el camino para una generación que algunos años después tendría a Nicolás Massú y Fernando González conquistando medallas olímpicas y llevando nuevamente al país hasta los principales escenarios del deporte mundial.
Ríos tuvo una carrera corta. No ganó un Grand Slam. Su personalidad generó controversias y las lesiones impidieron saber hasta dónde podría haber llegado.
Pero nada de aquello puede borrar el 30 de marzo de 1998. Porque durante seis semanas hubo un chileno por encima de todos.
Un zurdo de Santiago que jugaba con ángulos imposibles, que desafiaba las convenciones y que llegó hasta un lugar donde ningún sudamericano había conseguido llegar antes.
Marcelo Ríos llevó a Chile a la cima del tenis. Y desde allí escribió una historia que, casi tres décadas después, continúa siendo única.