Chile en 30 historias

Fernando González, el hombre de la derecha inolvidable

Potencia, carácter y una derecha capaz de cambiar un partido con un solo golpe. Fernando González construyó una de las carreras más importantes del tenis chileno y dejó su nombre grabado para siempre en la historia olímpica del país.

Fernando González, el hombre de la derecha inolvidable

El 21 de agosto de 2004, Fernando González tenía dos partidos por delante y la posibilidad de hacer historia para Chile. Lo que probablemente nadie podía imaginar era el desgaste físico y emocional que tendría que superar antes de terminar aquella jornada inolvidable en Atenas.

Primero apareció el estadounidense Taylor Dent. En juego estaba la medalla de bronce del torneo individual de los Juegos Olímpicos y González estaba dispuesto a dejarlo todo.

Ganó el primer set por 6-4, perdió el segundo por 2-6 y entonces comenzó una batalla que parecía no terminar nunca. Sin tie-break en el parcial decisivo, ambos avanzaron juego tras juego hasta llegar a un extraordinario 14-14.

González había sobrevivido incluso a dos puntos de partido cuando servía y el marcador estaba 14-13 a favor del estadounidense. Después quebró y, con 15-14, sacó para cerrar una batalla de tres horas y 25 minutos.

16-14.

Fernando González había conseguido la medalla de bronce para Chile. Pero su día todavía no terminaba. Horas después debía regresar a la cancha junto a Nicolás Massú para disputar la final del dobles masculino.

El nacimiento de una derecha temible

Fernando Francisco González Ciuffardi nació el 29 de julio de 1980 en Santiago. Desde sus primeros años en el tenis comenzó a aparecer una característica que terminaría acompañándolo durante toda su carrera: una capacidad extraordinaria para acelerar la pelota con su derecha.

No era un golpe más dentro de su repertorio. Con el paso de los años se transformaría en su marca registrada.

Antes de convertirse en una de las grandes figuras del tenis profesional chileno, González ya había entregado señales de lo que podía conseguir. En 1998 conquistó el título junior de Roland Garros, derrotando en la final al español Juan Carlos Ferrero, y también ganó el dobles del torneo junto al venezolano José de Armas. Un año antes había conquistado el dobles junior del US Open junto a Nicolás Massú.

En 1999 dio el salto al profesionalismo y poco a poco comenzó a hacerse un espacio en el circuito.

Su primer título ATP llegó en Orlando 2000. Después vendrían Viña del Mar y Palermo en 2002. Ya no era solamente una promesa del tenis chileno: Fernando González comenzaba a competir de igual a igual con algunos de los mejores jugadores del mundo.

La noche en que Chile tocó el cielo

Pero para comprender definitivamente la dimensión de González en el deporte chileno hay que regresar a aquella noche del 21 de agosto de 2004.

Después de la batalla ante Taylor Dent y con una medalla de bronce ya asegurada, Fernando volvió a la cancha.

A su lado estaba Nicolás Massú.

Al frente, los alemanes Nicolas Kiefer y Rainer Schüttler.

Chile buscaba algo que nunca había conseguido desde su primera participación olímpica: una medalla de oro.

La final se convirtió en otra batalla. González y Massú ganaron el primer set 6-2, pero los alemanes respondieron llevándose los siguientes por 6-4 y 6-3.

Chile quedó contra las cuerdas.

En el tie-break del cuarto parcial, Kiefer y Schüttler llegaron a disponer de cuatro puntos de campeonato consecutivos. El marcador estaba 6-2.

Parecía terminado.

No lo estaba.

Los chilenos protagonizaron una remontada extraordinaria, ganaron el desempate por 9-7 y llevaron la definición hasta un quinto set.

Allí, González y Massú terminaron imponiéndose por 6-4.

Chile era campeón olímpico por primera vez en su historia.

Fernando González y Nicolás Massú habían conseguido la primera medalla de oro olímpica del deporte chileno. Y González lo había hecho después de disputar, horas antes, uno de los partidos más extenuantes de su carrera para quedarse con el bronce individual.

Australia y la mejor versión de González

Atenas lo convirtió definitivamente en uno de los grandes ídolos deportivos de Chile, pero su carrera todavía guardaba capítulos extraordinarios.

Y quizás su mejor tenis apareció a comienzos de 2007.

Fernando González llegó al Australian Open y comenzó una campaña memorable hasta instalarse en la final del primer Grand Slam de la temporada.

Su actuación durante aquellas dos semanas lo llevó hasta el partido decisivo frente a Roger Federer. El suizo terminó imponiéndose por 7-6, 6-4 y 6-4, pero González había conseguido algo que ningún tenista chileno lograba desde Marcelo Ríos en 1998: disputar una final de Grand Slam.

Aquella campaña también lo llevó hasta el mejor ranking de su carrera.

El 29 de enero de 2007 apareció como número cinco del mundo.

Ese mismo año volvió a disputar una gran final en el Masters de Roma, esta vez frente a Rafael Nadal, y meses después conquistó el torneo de Beijing.

Fernando estaba instalado definitivamente entre la élite.

Beijing y una colección olímpica única

Cuatro años después de Atenas llegó una nueva oportunidad olímpica.

En Beijing 2008, González no solamente fue uno de los representantes chilenos: tuvo el honor de portar la bandera nacional durante la ceremonia inaugural.

Y nuevamente respondió dentro de la cancha.

Avanzó hasta la final del torneo individual y aseguró una nueva medalla para Chile. En el partido por el oro apareció Rafael Nadal, quien terminó imponiéndose por 6-3, 7-6 y 6-3.

González recibió la plata.

Con ella completó una colección extraordinaria: oro en dobles y bronce individual en Atenas 2004, y plata individual en Beijing 2008.

Tres medallas olímpicas. Los tres colores.

Mucho más que una derecha

La carrera de Fernando González terminó dejando números que explican parte de su dimensión.

Ganó 11 títulos individuales ATP, alcanzó el quinto puesto del ranking mundial y terminó con un registro de 370 victorias y 202 derrotas en singles. Además de la final del Australian Open, alcanzó las semifinales de Roland Garros en 2009 y los cuartos de final en los cuatro torneos de Grand Slam a lo largo de su carrera.

Pero los números nunca consiguieron explicar completamente lo que provocaba verlo jugar.

Porque estaba aquella derecha.

El movimiento de preparación, la aceleración de la raqueta y ese instante en que González parecía decidir que ya no quería continuar construyendo el punto: quería terminarlo.

A veces la pelota encontraba la línea. Otras terminaba varios metros afuera.

Era parte de su tenis.

Fernando González jugaba muchas veces al límite, con una propuesta que podía levantar a un estadio entero de sus asientos. Su tenis transmitía algo que iba más allá de una estadística: daba la sensación permanente de que cualquier punto podía convertirse en un golpe inolvidable.

Con el paso de los años, las lesiones comenzaron a hacer más difícil mantenerse en el circuito. Su cuerpo había pagado también el costo de una carrera construida desde la intensidad.

Finalmente llegó el momento de despedirse.

En 2012 puso término a su etapa como tenista profesional, cerrando una carrera que lo había llevado desde las canchas de Santiago hasta las finales de Grand Slam y los podios olímpicos.

Pero hay deportistas cuya historia no termina cuando dejan de competir.

Fernando González pertenece a esa categoría.

Para una generación de chilenos quedaron las noches esperando sus partidos, los puños apretados después de cada winner y aquella sensación de que, cuando tenía tiempo para acomodarse y cargar el brazo derecho, algo podía ocurrir.

Porque antes de las estadísticas, de las finales y de las medallas, hubo un golpe que permitió reconocerlo en cualquier cancha del mundo.

Una derecha violenta, arriesgada e inolvidable.

La derecha de Fernando González.

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