Chile en 30 historias

Érika Olivera, la maratón de toda una vida

La histórica fondista chilena hizo de la perseverancia su principal bandera. Campeona panamericana, cinco veces olímpica y posteriormente diputada de la República, su vida ha permanecido ligada al deporte y a quienes representan a Chile.

Érika Olivera, la maratón de toda una vida

Una maratón no se corre solamente con las piernas. Hay que administrar las fuerzas, soportar el cansancio, superar los momentos difíciles y encontrar razones para continuar cuando cada kilómetro comienza a pesar.

Pocas imágenes podrían representar mejor la trayectoria de Érika Olivera.

Durante más de dos décadas, la atleta chilena hizo de la resistencia su sello. Corrió por calles, pistas y circuitos alrededor del mundo llevando los colores nacionales hasta convertirse en una de las grandes referentes del atletismo chileno.

Su historia está escrita en kilómetros. Pero, sobre todo, está construida sobre perseverancia.

Los primeros kilómetros

Nacida el 4 de enero de 1976 en Santiago, Érika Alejandra Olivera de la Fuente comenzó desde muy joven una relación con el atletismo que terminaría marcando prácticamente toda su vida.

Las pruebas de fondo se convirtieron en su especialidad y la maratón terminó siendo el escenario perfecto para sus principales cualidades: resistencia, disciplina y una enorme capacidad para mantenerse en competencia.

Durante la década de los noventa comenzó a abrirse camino internacionalmente, representando a Chile y acumulando experiencias que pronto la llevarían hasta el escenario más importante del deporte mundial.

El comienzo de una historia olímpica

En Atlanta 1996, con apenas 20 años, Olivera vivió su primera experiencia en unos Juegos Olímpicos.

Aquella participación sería solamente el comienzo.

Con el paso de los años, los cinco anillos terminarían convirtiéndose en una constante dentro de su carrera. Después de Atlanta llegarían Sídney 2000, Atenas 2004, Londres 2012 y Río de Janeiro 2016.

Cinco participaciones olímpicas repartidas a lo largo de 20 años.

Pocas cifras permiten explicar mejor su longevidad.

Generaciones de atletas aparecieron y se retiraron durante ese periodo. Érika Olivera continuó corriendo.

Winnipeg 1999 y una carrera para la historia

Entre su primera y segunda participación olímpica llegó uno de los momentos más importantes de su trayectoria.

Los Juegos Panamericanos de Winnipeg 1999 reunieron a algunos de los mejores deportistas del continente y Olivera llegó hasta Canadá preparada para enfrentar los exigentes 42 kilómetros y 195 metros del maratón.

Ese día escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera.

La chilena cruzó la meta en el primer lugar y conquistó la medalla de oro panamericana, instalando definitivamente su nombre entre las grandes figuras del deporte nacional.

Winnipeg representó mucho más que una victoria.

Fue la recompensa después de años de entrenamientos, kilómetros y sacrificios. También fue la demostración de que una atleta chilena podía imponerse en una de las pruebas más exigentes del programa deportivo continental.

Una vida detrás de los 42 kilómetros

Después del oro panamericano, Olivera continuó acumulando competencias y representaciones internacionales.

Sídney 2000 y Atenas 2004 ampliaron su historia olímpica, pero su carrera estuvo lejos de limitarse a los Juegos.

Año tras año continuó entrenando y compitiendo mientras afrontaba una de las principales dificultades para cualquier deportista de fondo: mantenerse vigente.

En una disciplina donde cada preparación supone cientos de kilómetros antes siquiera de presentarse en la línea de salida, la longevidad de Olivera terminó convirtiéndose en uno de sus grandes logros.

Y todavía quedaban kilómetros por recorrer.

Volver a los Juegos

Después de ocho años sin competir en unos Juegos Olímpicos, Érika Olivera regresó al escenario de los cinco anillos en Londres 2012.

Tenía 36 años.

Para entonces ya no era aquella joven que había llegado a Atlanta en 1996. Era una atleta experimentada, madre y una de las principales referentes del fondo chileno.

Pero todavía faltaba un último desafío.

Cuatro años más tarde consiguió clasificarse nuevamente.

El destino sería Río de Janeiro 2016.

La bandera de toda una trayectoria

Su quinta participación olímpica tuvo un significado especial.

Chile decidió reconocer una carrera de dos décadas y Érika Olivera fue elegida abanderada de la delegación nacional para la ceremonia inaugural de Río 2016.

Aquella bandera resumía buena parte de su historia.

La joven que había debutado olímpicamente 20 años antes regresaba ahora como una de las deportistas más experimentadas de la delegación y encargada de portar el emblema de su país ante el mundo.

Río también marcaría el cierre de su extensa etapa olímpica.

Cinco Juegos.

Veinte años.

Miles de kilómetros.

Y una misma camiseta.

Una carrera que continuó fuera de las pistas

El final de la alta competencia, sin embargo, no significó que Érika Olivera se alejara del deporte.

Su trayectoria tomó posteriormente otro camino con su ingreso a la vida pública. Actualmente se desempeña como diputada de la República, llevando parte de la experiencia acumulada durante décadas como deportista hacia una función completamente diferente.

Desde allí ha mantenido una especial preocupación por el deporte y por las condiciones en las que los atletas nacionales desarrollan sus carreras, con énfasis en apoyar a quienes se desempeñan en el alto rendimiento.

Es una realidad que Olivera conoció desde dentro.

Detrás de una medalla, una clasificación olímpica o una fotografía cruzando la meta existen años de entrenamiento, sacrificios personales, recursos y muchas veces dificultades que permanecen lejos de las cámaras.

Después de experimentarlas como atleta, su vínculo con el deporte continuó desde otro espacio.

Una maratón que todavía continúa

Érika Olivera construyó una carrera difícil de explicar únicamente mediante resultados.

Está el oro de Winnipeg.

Están sus cinco participaciones olímpicas.

Está la bandera chilena que llevó durante la inauguración de Río 2016.

Pero también están todos aquellos kilómetros que nadie vio.

Los entrenamientos.

Las madrugadas.

El cansancio.

Las veces que hubo que comenzar nuevamente.

Su historia representa una de las características fundamentales del maratón: continuar avanzando.

Primero lo hizo durante más de dos décadas por las calles y circuitos del mundo. Después encontró una nueva manera de permanecer vinculada al deporte y de intentar abrir camino para quienes vienen detrás.

Toda carrera tiene una línea de llegada.

Érika Olivera cruzó muchas durante su vida.

Pero quizás su historia demuestra precisamente lo contrario.

Hay maratones que no terminan al cruzar la meta.

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