Tomás González, el salto que cambió la gimnasia chilena
El gimnasta chileno desafió a las grandes potencias de una disciplina prácticamente desconocida para nuestro país y estuvo dos veces a un paso del podio olímpico. Londres 2012 marcó el punto más alto de una carrera que abrió un camino y cambió para siempre la historia de la gimnasia nacional.
Londres, 5 de agosto de 2012. Tomás González termina su ejercicio de suelo y espera.
Son apenas unos segundos, pero detrás de ellos hay años de entrenamiento, sacrificios, viajes, dificultades y una historia que hasta entonces ningún gimnasta chileno había conseguido escribir.
El tablero entrega el resultado: 15.366 puntos.
Cuarto lugar.
Delante del chileno aparecen tres nombres que ayudan a dimensionar la magnitud de lo ocurrido: el chino Zou Kai, el japonés Kohei Uchimura y el ruso Denis Abliazin. González se queda fuera del podio, pero acaba de conseguir algo que hasta pocos años antes parecía improbable: Chile estaba peleando una medalla olímpica en gimnasia artística.
Y todavía faltaba otro capítulo.
Al día siguiente volvió a competir, esta vez en la final de salto. Dos ejecuciones y un promedio de 16.183 volvieron a situarlo en el mismo lugar.
Cuarto.
Por segunda vez en menos de 24 horas, Tomás González quedó a las puertas de una medalla olímpica. No hubo podio en Londres, pero aquellos dos cuartos lugares terminarían convirtiéndose en uno de los momentos más importantes de la historia reciente del deporte chileno.
Una historia que comenzó mucho antes de Londres
Para entender cómo un chileno terminó disputando dos finales olímpicas de gimnasia hay que retroceder muchos años.
Tomás González nació en Santiago en 1985 y la gimnasia estuvo presente prácticamente desde el comienzo de su vida. Sus padres, Enrique González y Marcela Sepúlveda, habían practicado la disciplina y fueron fundamentales para acercarlo a un deporte que estaba lejos de ocupar las primeras páginas en Chile.
La Federación Internacional de Gimnasia registra que comenzó a practicar a los cuatro años. Posteriormente llegó al Club Deportivo Universidad Católica, donde comenzó a desarrollar una carrera que poco a poco dejaría de tener fronteras nacionales.
El talento estaba ahí, pero el camino hacia la élite sería muy distinto al de los gimnastas provenientes de las grandes potencias.
Chile no tenía la tradición, los recursos ni la infraestructura de países que llevaban décadas dominando la gimnasia mundial. González tuvo que avanzar en un escenario mucho más complejo, enfrentando incluso dificultades económicas y conflictos dirigenciales durante distintas etapas de su carrera.
Pero siguió avanzando.
El nombre de Chile comienza a aparecer
En 2004 llegó una de las primeras señales importantes. González consiguió una medalla de bronce en la Copa del Mundo realizada en La Serena.
Dos años después volvió a subir a un podio internacional con un bronce en salto en Moscú.
Y en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007 terminó definitivamente de instalar su nombre: consiguió plata en salto y bronce en suelo, convirtiéndose en el primer gimnasta chileno en obtener medallas panamericanas.
Ya no se trataba solamente de una promesa.
Tomás González estaba comenzando a competir de igual a igual con algunos de los mejores gimnastas del planeta.
Su crecimiento continuó durante los años siguientes hasta desembocar en una temporada extraordinaria.
El número uno del mundo
2011 fue el año en que Tomás González dejó de perseguir a la élite.
Pasó a formar parte de ella.
En marzo consiguió dos oros en la Copa del Mundo de París, imponiéndose tanto en suelo como en salto. Poco después alcanzó un hito gigantesco para el deporte nacional: llegó al número uno del ranking mundial en ambas especialidades.
Un chileno estaba en la cima de la gimnasia mundial.
Ese mismo año disputó el Campeonato Mundial de Tokio y terminó sexto en la final de suelo. En los Juegos Panamericanos de Guadalajara volvió a demostrar su nivel con medallas de plata en suelo y salto y bronce en la competencia individual general.
Pero todavía quedaba una barrera.
Los Juegos Olímpicos.
El sueño olímpico
En enero de 2012, durante el evento clasificatorio realizado precisamente en Londres, González consiguió finalmente el boleto.
La clasificación significaba mucho más que disputar un torneo.
Tomás González se convertía en el primer gimnasta masculino chileno en competir en unos Juegos Olímpicos.
Meses después regresó a Londres.
Esta vez, para hacer historia.
El 28 de julio disputó las clasificaciones y avanzó a las finales de sus dos grandes especialidades. Fue tercero en salto y sexto en suelo.
Chile tenía por primera vez un gimnasta entre los finalistas olímpicos.
Después llegaron aquellos inolvidables 5 y 6 de agosto.
Cuarto en suelo.
Cuarto en salto.
Dos diplomas olímpicos y ninguna medalla, pero la certeza de que la gimnasia chilena había cruzado una frontera que parecía reservada para otros países.
Londres no fue el final
Cuatro años después, González volvió a unos Juegos Olímpicos.
En Río 2016 consiguió nuevamente instalarse entre los mejores y clasificó a la final de salto, donde terminó séptimo. Era su tercer diploma olímpico.
El paso de los años tampoco consiguió alejarlo de los grandes escenarios.
En 2017 volvió a disputar una final mundial de suelo y terminó quinto en Montreal. Y en Lima 2019, con 33 años, escribió otro capítulo extraordinario: se convirtió en campeón panamericano de suelo.
Todavía quedaba una última cita olímpica.
Tokio 2020 significó sus terceros Juegos. González volvió a representar a Chile en suelo y cerró así un ciclo olímpico que había comenzado nueve años antes en Londres.
Un movimiento llamado González
Sin embargo, quizás exista una manera todavía más gráfica de entender el legado que dejó Tomás González.
Su apellido quedó escrito en la propia gimnasia.
En 2003, durante el Mundial de Anaheim, ejecutó en suelo un movimiento que años después sería reconocido oficialmente por la Federación Internacional de Gimnasia. En 2018, el “González” fue incorporado al Código de Puntuación de la FIG.
Un mortal hacia atrás con tres giros y medio.
Desde entonces, en cualquier lugar del mundo donde un gimnasta ejecute ese elemento, detrás de su nombre existe inevitablemente un pedazo de Chile.
El salto que cambió la gimnasia chilena
Tomás González nunca consiguió la medalla olímpica que persiguió durante buena parte de su carrera.
Estuvo cerca.
Muy cerca.
Dos veces cuarto en Londres 2012, precisamente en el escenario donde alcanzó la mayor exposición de su trayectoria.
Pero reducir su historia a aquella medalla que faltó sería olvidar todo lo que ocurrió para que un chileno pudiera siquiera soñarla.
González llegó a lugares donde la gimnasia nacional nunca había estado. Fue número uno del mundo, campeón panamericano, finalista mundial, disputó tres Juegos Olímpicos y consiguió que el nombre de Chile comenzara a escucharse en una disciplina históricamente dominada por otras naciones.
Antes de Tomás González, llegar a una final olímpica de gimnasia parecía una posibilidad lejana para el deporte chileno.
Después de él, dejó de ser imposible.
Porque quizás el salto más importante de su carrera no fue ninguno de los miles que ejecutó sobre una pista o una mesa de salto.
Fue aquel que permitió que toda una disciplina avanzara junto a él.
Tomás González no necesitó subir a un podio olímpico para cambiar la historia. Su mayor legado fue demostrar que Chile también podía estar entre los mejores del mundo.